El cuerpo en Trayectoria, de Amanda Gatti para Art Madrid 2026

El cuerpo en Trayectoria, de Amanda Gatti para Art Madrid 2026

Autor: Sara del Pilar y Romina Llaguno

La Semana del Arte 2026 en Madrid ha dejado una resaca de adrenalina que poco a poco parece ya haber sido digerida. Este año, la fecha era cuanto menos ambiciosa. A las cinco ferias de arte que se han celebrado de manera simultánea debemos sumar innumerables inauguraciones en galerías, la nueva feria de diseño e incontables eventos y encuentros. El resultado: exposición, divulgación, nuevos frentes y ventas. 

Transitar estos días no es tarea fácil para nadie del sector o apasionado del arte. Un sinfín de emociones surgen ante cada encuentro, y la obra que consigue provocar y sumarse a cualquiera que sea la colección parece haber llegado a la meta. 

Para el 2026 la feria Art Madrid continuaba con su programa paralelo fuera de blanco reflectante de las paredes. A cargo de Yudinela Ortega, el ciclo de performance cumplía con su objetivo de convertirse en plataforma de encuentro y visibilidad. Bajo el nombre de Abierto infinito, lo que el cuerpo recuerda, el programa se expandía a lo largo del pasillo central sin limitaciones espaciales ni acotaciones en el granito del suelo. Los cuatro encuentros performativos que conformaron el ciclo se prestaron abiertamente al devenir inesperado de la feria, integrándose e incomodando a partes iguales. Allí, latía Trayectoria: la propuesta de Amanda Gatti como artista multidisciplinar que acunaba, más que una performance, la estela de un ente con necesidad de cierre. 

Trayectoria – un cuerpo y sus sostén
Treinta kilogramos de objetos atados por una cuerda. Restos descubiertos durante meses en las calles –a los que Amanda ha ido brindado reconocimiento, cuidado y transformación al pintarlos de azul–, se convirtieron en Trayectoria en el peso de su andar. La artista atravesaba el pasillo central arrastrando con sus tobillos la carga de los objetos atados por un único cordón azul. Podrías reconocer perfectamente cada uno de esos ítems, y a la vez lo más distintivo de ello era el resultado de una masa azul. 

El arrastre de esta masa monocroma nada más que por la fuerza del empeño humano rugía como si de una advertencia se tratase. Por momentos se hacía el silencio, y con ello el vacío, y con ello sólo quedaba el azul y un cuerpo en movimiento. La necesidad de acercarse, observar, identificar, detenerse y avanzar generaba un diálogo de integración entre lo material e inmaterial, la densidad y la fragilidad, lo efímero y perdurable.

¿Cuánto pesa el pasado en nuestro presente? ¿Cuánto podemos seguir sosteniendo? ¿Qué de todo lo que fuimos y vivimos necesitamos mantener para no perdernos? No existe una medida exacta que responda a ninguna de estas preguntas y la respuesta se convierte en un cuerpo volátil.

Esta incertidumbre se materializaba en la tensión de las cuerdas que se elongaban desde los zapatos de Gatti. Empujar, tensar y traccionar dejaban de ser verbos mecánicos para convertirse en la única medida real del peso que arrastramos y los lugares que hemos ocupado. Eran hilos vitales que sostenían la carga de estas preguntas surgidas al observar a la artista friccionar el suelo del espacio público, con objetos despojados de su utilidad y extraídos del mismo; una acción que lograba activar y dotar de un nuevo significado a un pasillo que, minutos antes, permanecía neutralizado en lo meramente funcional.

Trasladarse implica un abandono y un apego en tanto que la tensión de las cuerdas no era solo física; era el eco de una negociación constante entre el peso de los objetos y la voluntad del cuerpo. En ese arrastre, cada centímetro avanzado se sentía como una resistencia contra el olvido de lo que ya no sirve. Fueron once minutos en vilo, los necesarios para contemplar cómo el peso se entregaba a la vista de lo público, como quien se abre desde lo más profundo de su ser ante la mirada de extraños. En ese trayecto, la identificación del espectador era inevitable: todos cargamos con restos de una trayectoria que nos frena y nos define a la vez. En el rugido de esos objetos contra el suelo reconocimos nuestros propios lastres. Se hizo evidente que esta separación nunca termina de completarse mientras el cuerpo —y la memoria— sigan en movimiento. 

En la acción de Amanda existe una separación inacabada con los objetos y el sentido de pertenencia, reorientada hacia un “destino azul” que, como el final del pasillo, siempre parece desplazarse un poco más allá. 

El azul funciona como un refugio y, a veces, encontrarse con un color significa encontrarse con uno mismo, identificarse en el tumulto de la sociedad, la rapidez y los objetos desechados. Al final, ese rugido azul contra el suelo se deshizo para muchas de las que estábamos presentes en la única forma de reconocer nuestra propia existencia en mitad de la feria; de visibilizar nuestra soledad entre la audiencia y la memoria.

En Azul Revelado, Amanda escribía para CACO de un estado temporal: “Actualmente, estoy azul. I’m blue”. Esta confesión se anexiona a Trayectoria como el síntoma de un recorrido que se hace presente a través del rastro sobre el granito de Art Madrid, funcionando como viaducto para entender la vida siendo migrante en relación con el mundo. Es, en definitiva, el rastro de un gesto que se detiene para decir: "estoy aquí, y esto es lo que dejo de mí”.


Créditos:
Performance Trayectoria, por Amanda Gatti. Art Madrid, 2026. Palacio de Cibeles, Madrid
Fotografía por Pedro Méndes 

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