Color poético, color político: Francis Alÿs y The Green Line

Color poético, color político: Francis Alÿs y The Green Line

Autor: Alexandra Tighe

En The Green Line (2004), un video del artista conceptual belga Francis Alÿs (1959), el autor camina por el municipio de Jerusalén con una lata de pintura verde perforada. Durante su caminata, sigue la Línea Verde, la línea fronteriza que dividió Jerusalén en dos entre finales de 1948 y 1967 y cuyo legado sigue marcando la ciudad.

Como la misma obra cuenta a su inicio, citando el libro City of Stone: The Hidden History of Jerusalem de Meron Benvenisti, la Línea Verde fue creada en 1948 después del alto de fuego entre las fuerzas israelíes y las fuerzas de la Legión Árabe. Abdullah al-Tal de la Legión Árabe dibujó su frontera propuesta con un lápiz rojo y Moshe Dayan de las fuerzas israelíes dibujó la suya con un lápiz verde. Al final, se adoptó la propuesta verde de Dayan y de allí, el nombre de este confín: The Greenline. 


Los orígenes de La Línea Verde 

Los orígenes de la Línea Verde, que fue pensada para ser una línea temporal de armisticio y no una línea divisoria permanente, supusieron una ambigüedad enorme en torno a sus límites exactos. A a lo largo de las siguientes décadas, en algunas partes de la frontera no existía limitación; en otras, se construía una valla física (dos vallas diferentes); en otras, se mantenían puestos militares permanentes, y otras, parecía ser “tierra de nadie”. En los ejemplos más absurdos de la arbitrariedad de la frontera, calles enteras e incluso casas privadas llegaron a encontrarse en medio de la línea divisoria. Como relató Benvenisti, “it is surprising that the inextricable tangle caused by the cease-fire maps did not result in daily shooting incidents,” a lo largo de su vigencia varias personas sí fueron asesinadas por causa de la ambigüedad fronteriza. Aunque la Guerra de Seis Días de 1967 y la anexión del este de Jerusalén por parte de Israel supuso el fin de la Línea Verde como frontera física y acordada, su creación y la posterior imposición de una nueva serie de límites municipales, divisiones y controles, muchas veces contradictorios, sigue moldeando la ciudad y las vidas de sus habitantes. 

The Green Line. Francis Alÿs. Vía Youtube y Francis Alÿs Official Website. Ver vídeo


The Green Line: Activismo a través del color

En The Green Line Alÿs recorre la ciudad de Jerusalén con una lata de pintura perforada, goteando 58 litros de pintura verde de manera aleatoria mientras el cineasta Julien Devaux le sigue y graba su intervención. Este gesto performativo, que el propio autor describe como “político y poético” luego fue editado en un video con una duración de 17:41 minutos. El video sigue el paseo de Alÿs y añade una cita del artista, un extracto del libro de Benvenisti y subtítulos con los nombres de los barrios y controles por los que el artista va cruzando. Además de la versión original, Alÿs realizó una serie de once entrevistas a activistas, historiadores, políticos, periodistas e investigadores, recopilando sus reacciones a la obra y sus reflexiones sobre las implicaciones de la Línea Verde en general. A posterior, el artista superpuso las entrevistas en el video original, creando doce versiones distintas: el acto inicial, con el video inicial y distintas pistas de audio, así como numerosas piezas resignificando la obra.

La crítica social es, muchas veces, una constante en la obra de Francis Alÿs. En the Green Line, el color se convierte en denuncia política a través del impacto y la ironía. Usar pintura verde para trazar su línea es una referencia obvia al nombre de ese límite y vincula la acción de Alÿs en la obra al acto político de inventar e imponer fronteras. Con su gesto, Alÿs convierte la ciudad de Jerusalén en un lienzo, “pintando” una línea verde visual, tangible, y semipermanente por encima de la Línea Verde política –y ahora invisible–. Esta caminata performativa resalta la naturaleza arbitraria y contradictoria de ese límite geopolítico. Durante el recorrido, Alÿs pasa por zonas despobladas de las afueras de Jerusalén y junto a los puestos de puestos de control militar que evocan a una frontera tradicional. Pero también, camina por el centro de la ciudad, a veces atravesando una misma avenida, acera o parque. Hay escenas del video en las cuales habitantes de la ciudad caminan por encima del rastreo de pintura verde que crea la obra. Como dice el cineasta israelí Eyal Sivan en su entrevista con Alÿs, “It’s quite fantastic to see to what extent the absurd of the act corresponds exactly to the absurd of the line”. 

The Green Line representa de manera sucinta, y con un gran poder visual, cómo ese separatismo fue impuesto sobre una realidad que ya existía y sugiere que dividir el territorio, y en este caso una misma ciudad, es cuán menos conflictivo y absurdo, evidenciando las diferencias sociales y políticas que supone esta frontera inventada. Aunque en el año 2004 ya no existían vallas delimitantes, en el video se percibe los altos y crudos niveles de segregación entre palestinos e israelíes. En su entrevista con Alÿes, el historiador armeno-palestino Albert Agazarian, un reflexionaba: “...in my mind, it [la Línea Verde] is a border…it’s complete—two different societies. Now you can say living separately together. You can coin words like that, but the  current situation is tragic”. Este aspecto –la dualidad de una frontera que sí existe y repercute en las vidas de los residentes de Jerusalén, pero que no se ve ni se entiende físicamente– fue un tema recurrente para muchos de los entrevistados. La naturaleza del acto de Alÿs, trazando una línea con la moción de su cuerpo y marcando su paso con una sustancia de aparente permanencia, pero que desaparecerá en poco tiempo, encarna esta contradicción. El arquitecto israelí Eyal Weizman reflexiona que aunque parezca que no, “when you walk with the paint you are designing, you are making a gesture, you are drawing a line and it implies…that you request two kinds of space…you project a difference…you are creating a kind of a barrier”. 

El capacidad de movimiento y traslado resulta clave en The Green Line. Aquí el privilegio destaca. Como hombre extranjero y artista, Alÿs se mueve por la ciudad segregada atrayendo la curiosidad y provocando reacciones de sorpresa o confusión. Sin embargo, en ningún momento los militares interceptan su trayecto ni buscan hacer registro de su mochila. Por lo que se percibe en la pieza audiovisual, pasa por los controles de Ein Yaël y Ramot sin restricciones ni pausas. Tampoco paran los coches con conductores israelíes. A diferencia de Alÿs, la frontera es una fuente de frustración y represión constante para los palestinos. “Anybody wanting to go over to the West,” –la parte de Jerusalén administrada por Israel–, “they’re stopped by these groups of border police…For young guys…it’s a complete nightmare”, describe Rima Hamami en su entrevista. Muchos palestinos que viven en ciertas zonas del este de la ciudad o en las afueras sufren registros obligatorios diarios para ir a trabajar, estudiar o visitar familiares. En comparación con Alÿs, que tiene la libertad de caminar como quiera y solo se detiene para rellenar la lata de pintura verde, Hamami reitera en su entrevista que como palestina “there is always this way in which you can’t just be relaxed and natural walking through a city…you are always a criminal”. 

El poder visual de la obra comunica claramente que en en el territorio de Jerusalén, algunos tienen el derecho al libre movimiento y otros no. La libertad de la pintura verde, el color encarnado, resalta aún más esa realidad de movimiento restringido. La pintura verde no se limita a un lado de la frontera u otro: gotea por donde quiera. En ciertas escenas, al video muestra cómo el artista rellena el bote metálico, realiza un giro y comienza a caminar de nuevo. La cámara se detiene y enfoca un color rezumando sobre la lata y la tierra, dejando un charco verde en las rocas y marcando el territorio con un color artificial sin asuntos políticos que infieran a su control. El verde fluye, en función de los movimientos del artista y nada más, manchando el suelo sin considerar quién existe alrededor o las posibles repercusiones de su derrame. El movimiento libre del verde, sin cohibiciones, contrasta con el control de movilidad experimentado por los palestinos de Jerusalén y los territorios palestinos (y en un grado mucho menor, por los israelíes), provocando una inevitable reflexión: ¿cómo puede ser que el color tenga más derechos que los seres humanos?

Aunque el color contenga una función visual, delineando un contraste con el color negro de la carretera o de los marrones y grises de los senderos de grava, en el contexto del estado de Israel y el apartheid que impone sobre los residentes palestinos de Jerusalén, el verde implica encarnar la separación cultural, social y política de sus habitantes, la violencia de una ocupación que aumenta cada día más en la actualidad y la imposición de fronteras que devastan toda una región. Con solamente un acto poético y una lata de pintura verde, Francis Alÿs emplea el poder del color para mostrar la absurdidad de la creación de fronteras y sus consecuencias.

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